Paisajes verdes

Un pedacito de tierra

El 13 de Marzo por la mañana recibimos una llamada de la escuela. Cerraban actividades siguiendo las indicaciones del distrito escolar. A las 2 de la tarde fui a recoger a mi hija. Sin saber que nos esperaba en los meses por venir, nos fuimos directo al vivero cercano a casa. Nos llevamos semillas, unas acelgas y unos claveles. El 16 de Marzo se anunció la orden de quedarse en casa y el cierre de todos los negocios no esenciales. Nos fuimos esa tarde a buscar tierra. Durante 154 días hemos visto crecer a nuestras plantas, algunas brotaron, florecieron y dieron frutos. Nos sentimos afortunadas de tener un pedacito de tierra y ese verde que llena los ojos. 

Nuestra relación con las plantas en las ciudades es de tinte ornamental, a veces incomoda, cuando los árboles deciden crecer sus raíces bajo los cimientos de las casas y deciden aplastar a la tubería. Las plantas atraen a bichos indeseables para muchos, al punto que se prefiere utilizar herbicidas. Ahí vamos en las ciudades tirando árboles, cubriendo con cemento, levantando edificios, hacinando a lo verde. Poco a poco nuestros paisajes de ese verde se convierten en gris. Gris el humo, gris el cielo, grises los pulmones, grises hasta los mocos.

Y con la modernidad nos vamos, hasta que su estética nos envuelve, todo plástico, todo cristales, todo brillo, la modernidad de las ciudades con su vida, su movimiento… Hasta que todo se detiene, de pronto esas paredes se achican, esas luces nos deslumbran, el bullicio se apaga, las puertas se cierran. Nos encontramos en el hacinamiento.

La gris metrópolis

Tan removidas estamos de ese verde que reencontrarlo de pronto no es tan fácil. Más allá del ornamento, nos recomiendan tener plantas para oxigenar nuestros espacios, para limpiar el aire, para nuestra salud mental. Y en ese buscar, con el hacinamiento mucha gente ha dejado las grandes ciudades. La gran manzana de Nueva York en los últimos meses ha sufrido un éxodo silencioso, pero sólo de aquellos que tienen las posibilidades financieras de escapar. Las demás se quedan, en su mayoría trabajadoras esenciales, casi siempre mujeres negras, mujeres inmigrantes. Ante la imposibilidad de ir hacia allá, a lo verde, al campo, ¿cómo reconstruimos nuestros paisajes verdes en las ciudades? 

En abril, dos semanas después del lockdown, estábamos descolocadas, como si un vendaval nos hubiera pasado por encima de nuestras cabezas. Hablé por videoconferencia con mis amigas de Londres, Madrid, Barcelona y Montevideo, mis segundos hogares. Les conté que en Nueva York todes nos encerramos en minusculos apartamentos que podemos pagarnos. Las gentes con dinero y casas con jardines huyeron. Ahora esas casas y jardines estaban desocupados, mientras nosotres, sin jardines, nos amontonabamos en espacios de 4 metros por 4. 

Entrado abril, sin verde para ver más que lo virtual, ventanas sí las hay muestran paredes de ladrillos o amontonamiento de basura. Tocan a mi puerta, un repartidor cansado y deja un enorme paquete. Le digo que eso no es para mí, repite mi nombre y me confirma “es para usted”. Entró el paquete a mi apartamento y lo abro con curiosidad. Cuatro plantas medianas aparecen con una tarjeta. Rachel, una amiga de Londres, me las envió. “Para que en el lockdown puedas ver y estar cerca del verde”. Los meses siguieron pasando en el encierro neoyorquino, ahora podemos salir. Mientras que no se podía salir a los ornamentales y artificiales parques, las plantas han sido mi cable a tierra.

Iniciativas verdes de aquí y de allá

Guerrilla verde

En los años 70’, Liz Christy creó el grupo Green Guerrillas, dedicó su vida a devolver el verde a la ciudad de Nueva York. Verde que tapó el negocio de bienes raíces. Las constructoras hicieron casas inmensas para personas que podían pagarlas, hoy vacías, y minúsculas viviendas de bajo coste, que hoy están atestadas de gente. La desigualdad en la habitabilidad está relacionada con el acceso al verde y la calidad de vida. Liz Christy, impulsó huertos comunitarios en predios baldíos del Lower East Side de Manhattan.

Las guerrillas verdes, juntaban semillas que dispersaban por los bordes de las calles o en pequeños recuadros de tierra. De esas semillas, algunas plantas nacían para sorprender a les vecines. Pasados 40 años, los jardines comunitarios y espacios verdes, se encuentran gestionados por programas de la administración pública. Sin embargo, la práctica de huertos y jardines, se ha ido popularizando después de las campañas de concientización de la Guerrilla Verde. En las afueras de Manhattan, no hay jardín que tras la pandemia se haya reconvertido en un pequeño huerto con tomates y albahaca. Las terrazas, en terreno de compost con lombrices y enredaderas de fresas. Los terrenos baldíos atrapados por hierbas silvestres. En la memoria colectiva de la ciudad, parece esparcirse, aunque sin nombrarla directamente, el mensaje que quiso transmitir Liz Christie con su activismo. Sembrar en cualquier pequeña parcelita de tierra, el verde que necesitamos ver, para escapar visualmente de la monstruocidad y frialdad del cemento. 

¿Cómo han vuelto al verde en otras ciudades?

En Londres, existe una red de parcelas para huertos organizadas por la administración pública de cada municipio. Las personas residentes se pueden apuntar en listas para acceder a terrenos públicos destinados a crear huertos, en el contorno de los parques. Los árboles frutales que se encuentran sobre calles, no tienen frutos comestibles. Por eso, en Londres, se crearon itinerarios con rutas en las que hay árboles frutales que sí son comestibles. Estas rutas se encuentran siguiendo los parques y desde la City hasta la periferia.

En Madrid,  hace 15 años un grupo de ecologistas empezaron una movilización para crear huertos agroecologicos urbanos y de periferia. Se llamaron BAH (Bajo el asfalto esta el huerto). Este grupo ocupo terrenos sin uso agrario en la periferia y predios que pertenecían a personas adineradas que, a su vez, tenían historial de corrupción en la ciudad. El grupo BAH, se encargó primero de hacer fitoremediación del suelo. Luego se plantaron hortícolas que pudieran ser comestibles, después se dieron talleres de agroecologia y permacultura. La red fue creciendo, quienes producían y consumían, así se crearon las unidades con un conjunto de verduras, frutas e hierbas. Los alimentos cosechados se repartieron de forma equitativa y se daban por unidades. Esas unidades, se pagaban a un precio fijo por consumidores. Las actividades del grupo se fueron diversificando, consiguieron que les cedieran tierras para los huertos y se crearon cooperativas de trabajo de productores y consumidores.

El verde escondido de las ciudades

Bueno resulta que las ciudades de pronto si tienen su verde ahí, a veces escondido pero ahí presente oxigenándose. Caminar hacia lo verde, montarse en la bici ha sido una de las formas de encontrar algo de libertad para muchas de nosotras. Contemplar las flores, mirar el cielo abierto, mirar los árboles moverse en medio del viento, a veces quedarnos debajo de un techo refugiándonos de la lluvia, para salir y respirar ese verde ese aroma a fresco. En esas caminatas en Philly con amigues descubrí Franklin Delano Roosevelt Park, apenas en el Sur de la calle Broad. Nos metimos por una vereda entre pasto fresco, salimos de la ciudad para adentrarnos en un paisaje salvaje con arbustos y senderos de artemisa. Escuchando el sonido de nuestros pies caminando sobre el pasto. 

Sigo caminando en esta ciudad encontrando el verde que se divide entre la avenida Washington al Sur, el verde se asoma entre los lotes que albergan materiales de construcción, las raíces de lo verde se agarra de pedacitos de tierra entre las grietas, entre las vías del tren verde, entre los lotes abandonados verde. Al lado Norte de la avenida Washington lo verde se transforma en macetones manicurados, ornamentales fuera de esos edificios de lujo que van montando en los lotes vacíos, que van dando paso a la gentrificación para aquellos que se pueden costear lo verde placentero. 

Bien dicen que verde es vida. Y lo verde cura el alma, lo mismo que el agua. 

En esta ciudad post industrial con muchos lotes verdes vacíos, muchas comunidades han reclamado espacios para poder ir recreando los espacios que les recuerdan a sus raíces. Hay todo un circuito de jardines urbanos donde se cosechan alimentos, espacios culturales, y espacios para la relajación y la crianza. Uno de esos lo han construido comunidades inmigrantes en Norristown.

Mientras que nuestras comunidades siguen tratando de recuperar espacios verdes para la sustentabilidad, en este momento la búsqueda de los espacios verdes para muches significa un respiro, un momento de calma, un poco de libertad en medio de este encierro. Con la pandemia muchas ciudades también han retomado los espacios públicos para el transitar de las personas con una sana distancia, se han abierto vías para transitar en bicicleta, los bosques y parques públicos se han llenado, acampar se ha convertido en una actividad para reemplazar las vacaciones. Los viajes se han realizado más conscientemente hasta donde nos lleven los pies o las ruedas por el temor de montarse en un avión. Nuestras formas de relacionarnos se han transformado. De lo que nos ha traído esta pandemia, esperemos que este respiro nos empuje a cambiar nuestra relación con lo verde, la sustentabilidad, con la tierra y los espacios públicos.